El faenón

Por José Luis Aliaga Pereira.

Sucedió en la fiesta del pueblo a la que, después de varios años, acudía el general. Algunos oficiales y subalternos, a los que había hecho toda clase de favores, querían que se sintiera bien, por lo que le organizaron un gran banquete. Por la ayuda, gracias a él, vivían en casas de material noble y sus hijos eran gordos, bien vestidos, y estudiaban en colegios particulares y caros.

Al capitán Lobatón, por ejemplo, lo envió a trabajar al pueblo donde nació.

—Es que mi General —dijo en aquel entonces el capitán—, allí tengo mis chacritas y animales a los que no puedo abandonar.

—Tome nota del pedido de este buen hombre —ordenó el general a su secretario que lo miraba moviendo la cabeza afirmativamente.

El sargento Salvatierra fue más directo en su solicitud.

—A mi envíeme a la comisaría de Oxford —le dijo muy confiado—; usted sabe, allí hay un patrullero que se mueve con gasolina y algo se tendrá que hacer.

—Me gusta tu franqueza —contestó el General, mientras su secretario, como siempre, anotaba y movía la cabeza, pensando más en las «comisiones» que ganaría con los cambios, tanto del primero via su negocio lechero como del segundo con el hurto de gasolina.

Después de servirse suculentos platos de cuy frito y pasados los brindis y discursos, oficiales y subalternos, se dieron cuenta que el general no gozaba de la reunión. Algunos, para disipar su aburrimiento, cantaban; otros hacían piruetas, chistes y hasta imitaciones, pero el resultado era el mismo: el general continuaba serio, mirando, al parecer absorto, un cuadro que colgaba en la pared del salón.

De pronto al teniente Marc Antoni, que había bebido más de una copa de vino, se le ocurrió bailar con su esposa alrededor del general. El mayor Torrejón, que estaba atento y más cerca de este hecho, hizo un feliz descubrimiento y llamó, con disimulo, a oficiales y subalternos:

—He visto una luz en su mirada —dijo—. ¡Que todas las esposas bailen a su alrededor!

Oficiales y subalternos acataron la orden, de inmediato.

Las esposas salieron a bailar alrededor del General; pero éste las miraba de pies a cabeza, una por una, esbozando una mueca por sonrisa.

Al poco rato y para sorpresa de todos, el general decidió retirarse.

Desconcertado, el mayor Torrejón, llamó, de nuevo pero ya sin disimulo, a oficiales y subalternos. Después de conversar con todos y con entera disciplina, invitaron al general a ingresar al cuarto aledaño al salón de baile. El mayor Torrejón, en el trayecto, le decía algo al oído.

El general aceptó la propuesta y fue el propio mayor Torrejón el primero que, rubicundo y feliz, condujo a su esposa hasta el cuarto donde esperaba el general. Tras cerrar la puerta, el mayor Torrejón, ordeno en larga fila a las esposas, según el grado del marido.

Nadie habló una sola palabra de lo que pasó dentro de las cuatro paredes del cuarto contiguo al salón de baile. Sólo el mayor Torrejón, al día siguiente, le dijo a su mujer:

—¡El General se fue contento! ¡Le gusto el faenón!

Y ambos empezaron a reír.

Faenón: palabra que dos delincuentes, de cuello y corbata, utilizaban, al hablar por teléfono, luego de haber terminado, con éxito, sus fechorías.

Lima, mayo 2013.

Diario Perú

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