Celendín desde la otra vereda

El COVID-19 escena y escenario

Por José Luis Aliaga Pereira. (cuento)

Alejandro abrió la puerta de su casa y, poco a poco, sacó la cabeza para mirar por ambos lados del Jr. Huancayo. Por la derecha, un grupo de personas avazan a paso ligero. —¡Se acercan policías y soldados! —habló, casi gritando, para que escuche Camila, su compañera que en el patio de la casa daba de lactar a su niño.

— No te preocupes —respondió Camila—, no estás en la calle. Has abierto la puerta para respirar aire nuevo. Nada más.

El sonido de los pasos del grupo se hizo más fuerte rompiendo la monotonía silenciosa de la calle. Doce personas integraban la comitiva: un oficial del Ejército, dos policías y nueve soldados. Todos usaban tapabocas por lo que no se los podía reconocer. Atrás, un vehículo portatropas, con las luces apagadas, los seguía cuesta abajo, con el motor en silencio.

A pocos metros de la casa, de Camila y Alejandro, terminaba la calle, justo al llegar al río Chico. Eran las ocho de la noche. En horas, de la tarde, por esa zona, Camila y su compañero, habían observado un raro movimiento. Varios jóvenes caminaban nerviosos por el borde del río. Iban y venían. «Seguro que van por ellos», pensó Alejandro, y, cuando estuvieron frente a su puerta, saludó a la comitiva cortésmente.

Sin contestar el saludo, el militar que iba al mando, gritó:

— ¡Ingrese a su domicilio!

— Estoy en mi domicilio, señor —contestó Alejandro, con voz moderada, señalando el quicio de la puerta sobre el que posaban sus pies.

— ¿Usted no sabe lo que es «toque de queda»? —preguntó el militar, con el tono autoritario de antes.

— Lo sé señor, por eso le digo que estoy en mi casa. No estoy en la calle.

— ¿Sabe cómo está muriendo la gente, en otros lugares? —volvió a preguntar el uniformado.

— Lo sé señor, pero yo estoy en mi casa. No estoy haciendo ruido, ni libando licor. No estoy haciendo nada malo.

— ¡Carajo, metase a su casa! ¿No entiende?

— Estoy dentro de mi casa. ¿A dónde más voy a ingresar?

— ¡La muerte camina por las calles! ¡Entiéndalo! ¿Usted no sabe nada del virus COVID-19?

— Lo sé, señor. Mire usted —Alejandro, otra vez, con la mano, señaló el quicio de la puerta de su casa.

En Celendin, y en todo el país, llevaban más de treinta días en cuarentena por el coronavirus; un bicho letal que alarmó al mundo por su fácil contagio, como una simple gripe pero con doloroso final. Unos hablan de guerra virológica entre las naciones por dominar el planeta, otros que esto se debe a una reacción de la Madre Tierra ante la destrucción masiva de los depredadores. Los religiosos anunciaban el advenimiento de plagas que la biblia había anunciado, hace tiempo. En el día estaban restringidas las salidas de casa; por las noches, de 8.pm. a 5.am, el gobierno había decretado «toque de queda».

— ¡Está arriesgando la vida de todos! ¡El virus mata! —habló de nuevo el militar.

De pronto, abrazando su niño, apareció Camila: — ¡Los gobiernos son los únicos que matan! ¡Los hospitales no sirven para nada! ¡Todo es corrupción! ¡Todo es mentira! ¡Una porquería! —dijo tajante la señora, colocándose al costado de Alejandro, en el quicio de su puerta.

— ¿Quééé? —gritó sorprendido el militar, mirando a la mujer y, al mismo tiempo, ordenando a los hombres que lo acompañaban: — ¡Deténgala! ¡Deténgala!

Los dos guardias y soldados se avalanzaron sobre Alejandro y Camila.

El forcejeo fue intenso, desproporcionado. Alejandro era un hombre que se dedicaba a la agricultura, no era tan alto como los policías y algunos soldados. Camila, en cambio, era una mujer alta, fuerte, honesta y corajuda. Su bebé no dejaba de lactar.

— ¿Qué has dicho mujer de mierda? —dijo el militar enfurecido, mientras avanzaba hasta llegar donde se encontraba Camila.

La mujer, al ver la reacción del militar, le hizo frente. Sus ojos negros, enormes, se detuvieron en los del militar. Camila, estaba decidida a enfrentarlo. Los policías y soldados redujeron a Alejandro tirándolo al piso. Le obligaron a colocar los brazos hacia atrás, a la altura de la cintura. El hombre se esforzaba por ponerse de pie. Los uniformados, con las rodillas sobre su espalda, lo dominaban por completo. Lo engrilletaron.

— ¡Rómulo! —llamó el militar, dirigiéndose al más fortachón de los soldados — ¡Detén a esa revoltosa! ¡Deténla!

Tambaleante, la mujer resistió el empujón que le dio el oficial, sin dejar de sujetar, con el brazo izquierdo, a su niño.

El militar se asustó.

Rómulo, el policía, al ver a su jefe trastabillando, no se hizo esperar. Alzó, hasta la altura de su cabeza, la vara negra de madera, forrada con cuero, que sostenía en la mano, sin esperar más, desató varios garrotazos, con furia increible, parecía guardar un rencor u odio contenidos contra la mujer. Los golpes fueron certeros, experimentados.

— ¡Aaayyy! —gritó la mujer llevándose la mano al pecho, haciendo a un costado a su hijo y, a la vez, con la mano derecha, trato de sujetar la vara del uniformado.

En el centro de la calle, Alejandro con la cara restregando el piso, hizo esfuerzos por mirar a Camila. Las rodillas de los soldados presionaban su cuerpo y una lluvia de golpes con el palo negro cayó sobre su cabeza.

Camila, lucía el seno izquierdo descubierto, partido en dos, ¡sangrante!. — ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! —gritó al ver que a éste ya no podían sujetar sus brazos.

El niño, de aproximadamente de tres años, llorando, aterrado, después de caer en la vereda de la casa, había corrido al patio.

Alejandro hizo el ademán de levantarse. Los garrotazos de soldados y guardias fueron más efectivos que nunca. El hombre quedó tendido boca abajo, sangrante, inmóvil.

El carro portatropas encendió su motor y la circulina roja que llevaba como cresta, empezó a dar vueltas e iluminar la calle con su luz color sangre.

Un frío metálico, de frigorifico, de miedo y muerte se apoderó, por mucho tiempo y especialmente en las noches, de la calle Huancayo.

Esa tarde, en su acostumbrada conferencia de prensa, el presidente y su gabinete dio cuenta de que el número de infectados por coronavirus, en el mundo, llegaba a 3, 242, 275 personas y de fallecidos a 232, 823. Todos morían por COVID19; mientras los «encerrados» en sus propias casas, agotaban su stok de alimentos imaginando que esto sería pasajero. Por su parte, los enfermos, contagiados con el CORCONAVIRUS, que eran tratados como leprosos, comprobaban el colapso del sistema de salud, ante la llamada pandemia: ya no cabía un enfermo más en los hospitales. Los negociantes, multimillonarios, por su lado, que dominan el mundo, ordenaban sus cuentas bancarias de acuerdo con los gobernantes, peleles que fungían de presidentes de los países y atemorizaban a la gente contando los muertos en cada conferencia que ofrecían. El desempleo creció en las grandes ciudades. Grupos de ciudadanos iniciaron el retorno a sus lugares de origen.

Paralelamente, en una localidad lejana del Perú llamada Celendín, una mujer era arrojada del Puesto Policial de la ciudad negándole ver a su compañero. Era Camila que gritaba desesperada: —¡Quiero ver a mi Alejandro! —algo estaban escondiendo los guardias. Había pasado más de tres días desde que lo arrestaron. Camila no sabía que a consecuencia de los golpes recibidos, su compañero falleció. El oficial y los soldados le indicaron que la información la tenían que dar en el hospital.

En el hospital le dijeron, a boca de jarro, sin ningún protocolo, que su compañero murió.

— ¡Exijo se le practique una autopsia! —Camila clamaba justicia, gritaba en las puertas del nosocomio.

Ya era muy tarde. Dos días antes, habían incinerado el cadáver de Alejandro.

Más tarde, la autoridad sanitaria público un escueto comunicado:

«… Según disposición gubernamental del 4 de abril de 2020, RM N° 100, Toda muerte sospechosa de COVID-19 debe ser manejada como caso confirmado».

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